EL CIELO
33
La unión del Cielo con la especie humana
291.
Sabido es en la iglesia que todo bien viene del Señor, y ninguno del
hombre, y por lo tanto que nadie puede atribuirse, como suyo, bien
alguno; sabido es también que todo mal viene del diablo: por esto es que
los que hablan por la doctrina de la iglesia, dicen de aquellos que
hablan y predican piadosamente, que son guiados por Dios, pero lo
contrario de' aquellos que obran mal y hablan impíamente.
Esto no podría ser así si el hombre no tuviere conjunción con el
cielo y conjunción con el infierno, y si estas conjunciones, no tuviesen
lugar con su voluntad y su entendimiento; porque por virtud de ellos
obra el cuerpo y habla la boca. Cual y como es esta conjunción se dirá
ahora.
292. Con
todo hombre hay espíritus buenos y espíritus malos; mediante los
espíritus buenos tiene el hombre conjunción con el cielo, y mediante los
malos con el infierno. Estos" espíritus están en el mundo de los
espíritus, el cual se halla en el medio entre el cielo y el infierno, de
cuyo mundo se tratará especialmente más adelante. Estos espíritus, al
venir al hombre, entran en toda su memoria y así en todos sus
pensamientos; los espíritus malos en la memoria y los pensamientos que
son malos, pero los espíritus buenos en la memoria y en los pensamientos
que son buenos. Los espíritus no saben en manera alguna que se hallan
con el hombre, pero cuando están allí creen que todo lo que es de la
memoria y de los pensamientos del hombre es de ellos; tampoco ven al
hombre, puesto que las cosas que están en nuestro mundo solar no se
manifiestan a su vista.1 Con sumo cuidado, vela el Señor a que los
espíritus no sepan que se hallan con el hombre, porque si lo supieren
hablarían con él, y entonces los espíritus malos le perderían, porque
los espíritus malos, puesto que tienen conjunción con el infierno, nada
desean mejor que de perder al hombre, no tan sólo en cuanto al alma, es
decir, a la fe y al amor, sino también en cuanto al cuerpo. Otra cosa
sucede cuando no hablan con el hombre; entonces no saben que son del
hombre las cosas que piensan y las que entre sí hablan; porque entre
ellos hablan también por virtud del hombre; sino que creen que son de
ellos, y cada uno estima y ama lo suyo. De esta manera los espíritus se
hallan constreñidos a amar y apreciar al hombre por más que lo ignoren.
Que tal es la conjunción de los espíritus con los hombres me
consta por una continua experiencia de varios años, tan ciertamente que
nada hay para mí más cierto.
293. La
razón por la cual los espíritus malos, que comunican con el infierno,
también se hallan asociados al hombre, es que el hombre nace en todo
género de mal, y por esto deriva su primera vida exclusivamente de ello,
por lo cual si al hombre no fueren asociados espíritus que son de su
misma calidad no podría vivir, y no podría ser apartado de los males y
ser reformado; por esto es mantenido en su vida por espíritus malos, y
detenido de ella por espíritus buenos, mediante ambos se halla en
equilibrio, y, puesto que se halla en equilibrio, se halla en su
libertad, pudiendo así ser apartado del mal e inclinado al bien, y puede
ser implantado en él el bien, lo cual de ninguna manera puede
verificarse si no se halla en libertad; ni puede estar en libertad a
menos de obrar espíritus del infierno por un lado y espíritus del cielo
por otro, hallándose el hombre en el medio. También ha quedado
manifiesto que mientras la vida del hombre procede de lo hereditario y
por consiguiente de él mismo no tendría vida alguna si no le fuera
permitido estar en el mal; tampoco tendría vida alguna si no estuviera
en libertad; que no puede ser obligado al bien, y que lo que es
obligatorio no permanece; además que el bien recibido por el hombre en
libertad es implantado en su voluntad, y queda como propiedad suya; y
que esta es la razón por la cual el hombre tiene comunicación con el
infierno y comunicación con el cielo.
294.
Cual y como es la comunicación del cielo con los espíritus buenos, y
cual y como es la comunicación del infierno con los espíritus malos, y
por consiguiente cual y como es la conjunción del cielo y del infierno
con el hombre, se dirá asimismo. Todos los espíritus que se hallan en el
mundo de los espíritus tienen comunicación con el cielo o con el
infierno, los malos con el infierno y los buenos con el cielo. El cielo
se halla distinguido en sociedades; el infierno igualmente; cada
espíritu pertenece a alguna sociedad, subsistiendo asimismo en virtud
del influjo de ella y obrando así al unísono con la misma; de ahí que
así como el hombre se halla unido a los espíritus, así se halla unido al
cielo o al infierno, y particularmente a la sociedad allí en la cual se
halla con respecto a su amor, porque todas las sociedades del cielo se
distinguen según las inclinaciones del bien y de la verdad, y todas las
sociedades del infierno según las inclinaciones del mal y de la falsedad
(acerca de las sociedades del cielo véase arriba, n. 41-45; así como n.
148-151).
295. Al
hombre son asociados espíritus de su propia calidad con respecto a la
inclinación o sea al amor, pero los buenos espíritus le son asociados
por el Señor mientras que los malos les atrae el hombre mismo. Pero los
espíritus en el hombre cambian con los cambios de sus inclinaciones; por
eso tiene ciertos espíritus en la infancia, otros en la puericia, otros
en la adolescencia y la juventud, y otros en la vejez. En la infancia se
hallan con él espíritus que están en inocencia, o sea que comunican con
el cielo de la inocencia, que es el íntimo o tercer cielo; en la
puericia se hallan con él espíritus que están en inclinación al saber,
que comunican con el primer cielo, o sea el extremo; en la adolescencia
y la juventud están presentes tales que se hallan en inclinación al bien
y a la verdad, y por ello en inteligencia, así comunicando con el
segundo cielo, o sea el intermedio; en la vejez, por otra parte, están
con él espíritus que se hallan en sabiduría y en inocencia, quienes
comunican con el íntimo cielo, o sea el tercero. Pero estas asociaciones
se verifican por el Señor en los que pueden ser reformados y
regenerados; siendo diferente en los que no pueden ser reformados o
regenerados. También a estos son asociados espíritus buenos, a fin de
que mediante ellos sean detenidos del mal, tanto como sea posible, pero
su conjunción inmediata es con los espíritus malos, que tienen
comunicación con el infierno y de ellos tienen tales cuales son ellos
mismos; si son egoístas, aficionados a riquezas, inclinados a venganza,
dados al adulterio, se hallan con ellos semejantes espíritus; habitando
por así decir en sus malas inclinaciones, y tanto como el hombre no
puede ser detenido del mal por los espíritus buenos, tanto lo excitan
aquellos, y tanto como domina la inclinación, tanto se adhieren y no se
apartan. Así se halla el hombre malo unido al infierno y el hombre bueno
unido al cielo.
296. Que
el hombre es gobernado por el Señor mediante espíritus es porque no se
halla en el orden del cielo, porque nace en los males que son del
infierno, de consiguiente en completo contraste con el Divino orden, por
lo cual ha de ser reconducido al orden, y no puede ser reconducido sino
indirectamente mediante espíritus. Sería diferente si el hombre naciera
en el bien, que es según el orden del cielo; entonces no sería gobernado
por el Señor por medio de espíritus, sino por medio del orden mismo, es
decir, por medio del influjo común. Mediante este influjo es gobernado
el hombre, con respecto a las cosas que salen del pensamiento y de la
voluntad en actos, es decir, con respecto al habla y a los gestos,
porque estos y aquella fluyen según el orden natural y con ellos no
tienen por lo mismo nada de común los espíritus que se hallan asociados
al hombre. Mediante el influjo común del mundo espiritual son gobernados
también los animales; puesto que estos se hallan en el orden de su vida,
y no lo han podido pervertir y destruir, porque no tienen sentido
racional. Arriba puede verse cual es la diferencia entre los hombres y
los animales (n. 39).
297. Por
lo que además concierne la conjunción del cielo con el género humano
conviene saber que el Señor Mismo influye en cada hombre según el orden
del cielo tanto en sus cosas íntimas cuanto en sus últimas, y le dispone
a recibir el cielo; dirigiendo sus exteriores desde sus interiores, y
asimismo las interiores desde sus exteriores y manteniendo así en
conjunto toda y cada particular cosa en él. Esta influencia del Señor se
llama influencia inmediata, pero la otra influencia, que se verifica por
medio de espíritus, se llama influencia mediata; esta última subsiste
mediante aquella. La influencia inmediata, que es la propia del Señor,
es la de su Divino Humano, y tiene lugar sobre la voluntad del hombre y
mediante la voluntad sobre su entendimiento, o sea sobre el bien del
hombre y mediante el bien sobre su verdad, o, lo que es lo mismo, sobre
el amor y mediante el amor sobre su fe, pero no viceversa; menos aún
sobre la fe sin el amor, o sobre la verdad sin el bien, o sobre un
entendimiento que no sea la de la voluntad. Esta influencia Divina es
continua, y es recibida en el bien en los buenos, pero no en los malos;
en estos es, o bien rechazada, o bien sofocada, o bien pervertida. Por
esto tienen ellos una vida mala, la cual, en sentido espiritual, es
muerte.
298. Los
espíritus que están con el hombre, tanto los que tienen conjunción con
el cielo cuanto los que tienen conjunción con el infierno, nunca
influyen en el hombre desde su memoria y desde su pensamiento, porque si
influyeren desde su pensamiento el hombre no sabría sino que fuesen
suyas las cosas que son de ellos (véase arriba, n. 256); pero mediante
ellos influyen, sin embargo, en el hombre desde el cielo, la inclinación
que pertenece al amor al bien y a la verdad, y desde el infierno la
inclinación que pertenece al amor al mal y a la falsedad. Tanto, pues,
como la inclinación del hombre concuerda con la que influye tanto es
recibida esta por él en su pensamiento, porque el pensamiento interior
del hombre está en completo acuerdo con su inclinación o amor; por otra
parte, tanto como no concuerda tanto no es recibida. Por esto es
evidente que, no siendo el pensamiento introducido en el hombre mediante
los espíritus, sino tan sólo la inclinación al bien y la inclinación al
mal, el hombre tiene la elección, puesto que tiene libertad, es decir,
que puede con el pensamiento recibir el bien y rechazar el mal, porque
sabe por el Verbo lo que es bueno y lo que es malo. Lo que es admitido
en el pensamiento desde la inclinación le es también apropiado, pero lo
que no es admitido en el pensamiento desde la inclinación no le es
apropiado. De esto puede ser claro cual y como es en el hombre el
influjo del bien del cielo y el influjo del mal del infierno.
299.
También me ha sido permitido enterarme de donde el hombre tiene la
ansiedad, el sufrimiento mental y la tristeza interior, que se llama
melancolía. Hay ciertos espíritus que todavía no tienen conjunción con
el infierno, por hallarse en su primer estado, de los cuales hablaremos
más adelante donde se tratará del mundo de los espíritus. Estos aman
cosas indigestas y corrompidas, tales como la comida que se pudre en el
estómago; por lo cual se hallan presentes donde tales cosas hay en el
hombre, puesto que estas son para ellos agradables, y hablan allí entre
sí desde su mala inclinación; la inclinación de su hablar influye desde
allí en el hombre y si esta inclinación es contraria a la inclinación
del hombre, causa en el tristeza y ansiedad melancólica; pero si
concuerda, resulta para él alegría y placer. Estos espíritus aparecen
junto al vientre, algunos al lado izquierdo, algunos al lado derecho del
mismo, algunos más bajo, algunos más arriba, también más cerca y más
lejos, en una palabra, en diferentes posiciones según las inclinaciones
en las cuales se hallan. Que de ahí proviene la ansiedad del ánimo me ha
sido permitido averiguar y confirmar mediante mucha experiencia; les he
visto, les he oído, he sentido las ansiedades por ellos ocasionadas, he
hablado con ellos; han sido alejados y la ansiedad ha cesado, han vuelto
y ha vuelto la ansiedad, y he percibido su aumento y su decrecimiento,
según la aproximación y el alejamiento de ellos; de ahí me resulto claro
por qué razón algunos que no saben lo que es conciencia, por no tener
conciencia, atribuyen al vientre la causa del sufrimiento que ocasiona.
300. La
conjunción del cielo con el hombre no es como la conjunción de un hombre
con otro hombre, sino es una conjunción con sus cosas interiores que
pertenecen a su mente, o sea con su hombre espiritual o interior. Con su
hombre natural, o exterior, por otra parte, tiene lugar una conjunción
por medio de correspondencias, de cuya conjunción hablaremos en el
siguiente artículo, donde se tratará de la conjunción del cielo con el
hombre por medio del Verbo.
301. Que
la conjunción del cielo con el género humano y la de este con el cielo
es de tal naturaleza que lo uno subsiste por lo otro, se explicará
también en el siguiente artículo.
302. He hablado con los ángeles sobre la conjunción del cielo con el género humano, y he dicho que el hombre de la iglesia por cierto dice que todo bien es de Dios, y que ángeles están con el hombre, pero que, sin embargo, pocos creen que los ángeles se hallan en conjunción con el hombre, aun menos que se hallan en su pensamiento e inclinación; a esto han contestado los ángeles que saben que hay en el mundo tal creencia y hasta tal modo de hablar, y esto por la mayor parte dentro de la iglesia, de lo cual se extrañaban, donde, sin embargo, se halla el Verbo, que enseña acerca del cielo y de su conjunción con el hombre, siendo esa conjunción, sin embargo, tal que el hombre no puede pensar lo más mínimo sin tener espíritus asociados a sí y que su vida espiritual depende de ellos. Han dicho que la causa de la ignorancia con respecto a este particular es que el hombre cree que vive de y por sí mismo, sin nexo con el primer Ser de vida, y que no sabe que este nexo tiene lugar mediante los cielos, siendo, sin embargo, así que el hombre, si este nexo fuese interrumpido, caería muerto al momento. Si el hombre creyere, lo que efectivamente es el caso, que todo bien es del Señor y todo mal del infierno, no haría entonces meritorio el bien en sí, tampoco le sería imputado el mal, porque así miraría al Señor en todo bien que piensa y hace, y todo mal que influye sería rechazado al infierno de donde procede. Pero puesto que el hombre no cree en influjo alguno del cielo ni del infierno y por eso opina que todas las cosas que piensa y quiere están en él, y por consiguiente que vienen de él, se apropia del mal, y el bien que influye contamina con mérito.
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